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Por Juan Antonio Barrionuevo Fernández
Vivimos un tiempo extraño y agitado, a ratos, demasiados últimamente, profundamente descorazonador. Al menos para mí, que a mis 46 primaveras y después de haber visto ya bastante de lo malo que puede dar de sí el ser humano, sigo intentando no perder la esperanza de que algún día “humanidad” sea una palabra más cercana a fraternidad que a violencia, egoísmo o ruptura.
Y no digo extraño porque la violencia, la injusticia o las guerras sean nuevas, porque por desgracia no lo son. Han acompañado demasiadas páginas de la historia universal y también de esa pequeñísima parte de la historia que me ha tocado vivir. Lo inquietante ahora es otra cosa: la forma en la que estamos aprendiendo a convivir con todo eso, con una mezcla peligrosa de saturación, cansancio, distancia emocional y cinismo. El mundo arde en demasiados frentes al mismo tiempo y una parte de nosotros parece haberse acostumbrado al humo; y no solo eso, en demasiadas ocasiones incluso se aplaude a los pirómanos.
Las guerras, el hambre, las migraciones forzadas, la crisis climática, la pobreza extrema o el dolor ajeno ya casi no interrumpen nuestra vida cotidiana. Están ahí, pero siguen pasando las horas: hacemos scroll, trabajamos, cenamos, contestamos mensajes, comentamos cualquier cosa sin importancia y, entre medias, nos cruzamos con imágenes insoportables de sufrimiento humano. El dolor de algunas personas se retransmite casi en tiempo real, mientras la vida continúa como si nada para otras. La muerte se convierte en una cifra más, en un dato que se discute, se relativiza o se usa según convenga al relato político de cada cual, como si fuera un capítulo más de una serie. Y eso, más allá de cualquier posición política o geopolítica, debería estremecernos.
Porque lo verdaderamente grave no es solo la violencia, sino que nos estemos acostumbrando a la deshumanización. Que aceptemos con tanta facilidad que haya vidas que valen menos, dolores que importan menos y pueblos enteros que pueden ser reducidos a un problema de seguridad, a una amenaza, a un daño colateral o a una noticia breve en mitad del informativo. Mientras tanto, quienes toman muchas de las decisiones que marcan el destino de millones de personas siguen viviendo lejos del humo, lejos del barro y lejos del miedo. Deciden sobre guerras, fronteras, recortes y prioridades desde lugares donde casi nunca llegan las consecuencias reales de lo que deciden.
Al mismo tiempo, asistimos a una crisis profunda de valores, aunque quizá sería más honesto decir que no estamos perdiendo valores, sino sustituyéndolos por otros, a mi entender, peores. La empatía compite con el egoísmo; la verdad, con la mentira organizada; la reflexión, con el eslogan; el cuidado, con el beneficio inmediato; la solidaridad, con esa idea pobre y defensiva de que solo importan “los nuestros”. Y la dignidad humana, que debería ser el suelo mínimo de cualquier sociedad decente, empieza a tratarse como si fuera una concesión, como si dependiera del origen, del color de piel, del pasaporte, del género, de la clase social o de la utilidad económica de cada persona.
Los discursos de odio ya no se esconden. Se dicen en voz alta, se celebran, se votan, se comparten y se convierten en bandera. Ya no aparecen solo en los márgenes, sino que están en tertulias, parlamentos, campañas electorales, redes sociales y conversaciones de bar. Se disfrazan de sentido común, de valentía, de hablar claro o de decir lo que otros no se atreven a decir, pero debajo de esa apariencia casi siempre late lo mismo: señalar a alguien más vulnerable, fabricar un enemigo fácil y desviar hacia abajo una rabia que tendría que dirigirse hacia quienes de verdad sostienen las estructuras de desigualdad, precariedad y miedo.
A todo esto, se suma la mentira organizada. Las noticias falsas no solo confunden, hacen algo todavía más peligroso: rompen la posibilidad de compartir una realidad común. Si todo puede ser mentira, si cualquier dato puede ser sustituido por una sospecha, si la evidencia vale lo mismo que una opinión gritada con fuerza, entonces la democracia se debilita. Y cuando la verdad se rompe, también se rompe la responsabilidad, porque es mucho más fácil justificar un recorte, negar una injusticia, criminalizar la pobreza o convertir la cooperación internacional en una caricatura.
En este contexto, duele especialmente comprobar cómo las políticas de cooperación internacional, educación, acción social, igualdad, sostenibilidad o defensa de los derechos humanos son presentadas como algo prescindible, ingenuo o innecesario. O peor aún, como si fueran parte del problema. Como si los males del mundo fueran culpa de quienes, con más o menos acierto, pero con compromiso real, intentamos acompañar a quienes tuvieron la mala fortuna, entiéndase la ironía, de nacer en el lado más difícil del mapa.
Se recortan presupuestos, se cuestiona su utilidad y se ridiculiza a quienes defienden estas políticas como si fueran personas desconectadas del “mundo real”. Como si el mundo real fuera solamente aceptar la ley del más fuerte y mirar hacia otro lado. Como si la cooperación fuera una rareza moral y no una forma mínima de justicia. Como si la educación para la ciudadanía global fuera adoctrinamiento y no una manera de entender que vivimos en un planeta profundamente interdependiente. Como si defender los derechos humanos fuera una manía ideológica y no la base más elemental de una convivencia digna.
Pero la cooperación, la educación transformadora y la defensa de la dignidad humana no son gestos caritativos ni adornos morales. Son políticas necesarias; políticas de prevención, de justicia y de futuro; políticas de fraternidad, de acercamiento, de escucha, de acompañamiento y de aprendizaje mutuo. Renunciar a ellas no nos hace más fuertes, ni más libres, ni más serios. Nos hace más pobres como sociedad y más frágiles como humanidad.
Porque los recortes sociales nunca son solo números, nunca son solo una partida que sube o baja en un presupuesto. También son una forma de decir qué importa y qué no importa, qué vidas se consideran prioritarias y cuáles pueden esperar. Cuando se recorta en cooperación, en educación, en servicios sociales, en igualdad o en políticas de inclusión, no se está haciendo solo un ajuste técnico, se está enviando un mensaje. Se está diciendo que determinados sufrimientos son asumibles, que determinados derechos pueden aplazarse y que determinadas personas pueden quedarse fuera del círculo de la preocupación pública.
Ahí es donde los recortes sociales y los discursos de odio se dan la mano. Los primeros quitan recursos y los segundos fabrican excusas. Unos desprotegen y los otros intentan convencernos de que esa desprotección es normal, inevitable o incluso merecida. Unos debilitan las redes que sostienen la vida y los otros erosionan la empatía necesaria para defenderlas. Por eso la deshumanización no es solo una consecuencia accidental de nuestro tiempo; cada vez más, parece un proyecto.
Quizá el mayor fracaso de nuestra época no sea la existencia del horror, porque el horror, por desgracia, ha estado siempre ahí. La historia humana está llena de guerras, abusos, conquistas, silencios impuestos y relatos contados por quienes vencieron. Nuestro mayor fracaso es otro: nuestra creciente incapacidad para dejarnos afectar por el dolor ajeno, para indignarnos algo más que unos minutos, para comprometernos, aunque no sea rentable, para sostener una ética que no dependa del bando, del pasaporte, del algoritmo o de lo que nos diga nuestra tribu política.
No escribo esto desde la superioridad moral ni desde la comodidad de quien cree tener todas las respuestas. Yo también me siento cansado, también me siento desbordado, también hay días en los que aparto la mirada porque no puedo más y también necesito protegerme del exceso de dolor que atraviesa el mundo. Pero precisamente por eso creo que hay que decirlo en voz alta: no todo vale, no todas las neutralidades son inocentes y no todo silencio es prudencia.
Tal vez no podamos cambiar el mundo de golpe, seguramente no podamos, pero sí podemos intentar que el mundo no nos cambie por dentro hasta volvernos insensibles, cínicos o dóciles ante la injusticia. Podemos resistirnos a que nos convenzan de que hay vidas prescindibles y dolores negociables. Podemos negarnos a aceptar que la única forma adulta de mirar la realidad sea asumir su crueldad como si fuera una ley natural.
Defender la cooperación, los derechos humanos, la verdad y la dignidad hoy es un acto político, sí, pero también es un acto de memoria y de futuro. Es recordar que ninguna sociedad se salva sola, que ninguna frontera puede protegernos para siempre de un mundo roto y que la pobreza, la guerra, la desigualdad, el hambre o el cambio climático no son problemas ajenos, sino síntomas de una misma forma de organizar la vida desde la acumulación, la indiferencia y el privilegio.
Frente a quienes convierten el miedo en programa, la crueldad en consigna y el recorte en virtud, necesitamos volver a defender cosas que deberían ser obvias: que cada vida importa, que la dignidad no se reparte por cuotas, que la solidaridad no es ingenuidad sino inteligencia colectiva, y que cuidar de otros pueblos, de otras infancias, de otras mujeres y de otras comunidades también es cuidar de lo que aún queda de humano en nosotros.
Porque cada vez que aceptamos la deshumanización como norma, retrocedemos como civilización. Y cada vez que alguien se niega a hacerlo, aunque parezca un gesto pequeño, la humanidad, esa palabra tan manoseada, tan herida y tan necesaria, vuelve a tener sentido.

Juan Antonio Barrionuevo Fernández
Responsable de Relaciones Institucionales y Comunicación
Fundación Madrazo
